Recuerdo por ejemplo las planicies del Tíbet que recorrí con mi amigo Jose Luis Angulo, un desierto de piedra donde sin embargo floreció una cultura y una religión que cambió el mundo, el budismo. Por cierto… creo que Jose Luis debe de andar ahora por Bután, que también es el Himalaya, pero tiene poco de desierto.

Efectivamente Paco adivinó el lugar donde se encontraba Jose Luis. 

Bután, ese pequeño oasis de paz, situado en el Himalaya sería la nueva etapa de Curro en este largo peregrinar por el planeta.  

Lo primero que hizo Curro cuando vio a Jose Luis en el aeropuerto de Paro fue darle las gracias por la recomendación que este le había dado por teléfono. “Intenta coger asiento con ventanilla en el lado izquierdo del avión, si el día está despejado las vistas del Himalaya son alucinantes» . Parece que Curro le hizo caso y de esa forma pudo disfrutar de los maravillosos paisajes que a vista de pájaro se divisaban desde el avión de Druk Air. “Casi pude tocar con las manos todos esos picos de seis, siete y ocho mil metros, ¡qué gozada!», exclamó Curro.  

A modo de bienvenida Jose Luis le dijo: “Para muchas personas, una de las cosas que más felices les hace es viajar y tú Curro tienes mucha suerte al hacerlo, acabas de aterrizar en uno de los países más felices del planeta.” «Explícame, algo he leído sobre esto.» ; le dijo Curro. “Resulta que para este pequeño reino lo más importante para sus habitantes no es el dinero, sino el bienestar y la prosperidad solidaria. Junto al Producto Interior Bruto implantaron hace años el índice de Felicidad Nacional Compartida. Producir y consumir no da la felicidad. En cambio, la protección del medio ambiente, la salud pública, las actividades culturales, el tiempo dedicado a la familia, una ciudadanía responsable y un largo etcétera si son la verdadera y auténtica garantía de conseguir nuestra felicidad y la de todos aquellos que nos rodean”, le explico Jose Luis.  

Al llegar al aparcamiento, Kuenzang, buen amigo de Jose Luis, les esperaba. Nada más ver a Curro le entregó en señal de bienvenida una khata, bufanda blanca de seda.

Como Curro es de buen comer Jose Luis le preguntó si tenía hambre y si le gustaba el picante, “¡Sí!” , respondió entusiasmado, “Pues prepárate, en Bután no es que echen picante a la comida, sino que echan comida al picante, eso sí lo remojaremos con una Druk, la exquisita cerveza local.”         

Tras el almuerzo tomaron la carretera que une Paro y Thimbu, la capital del país. El trayecto discurrió entre preciosas montañas y densos bosques, no en vano casi el 80% del territorio de Bután es bosque, siendo este declarado patrimonio nacional.

Al día siguiente, en Thimbu, visitaron Tashichoedzong, la impresionante fortaleza donde se ubica el Gobierno y que es de obligada visita para cualquier visitante del país. Mientras lo hacían, Curro comentó que una de las cosas que más le estaba sorprendiendo del país era que muchas personas, tanto hombres como mujeres, vestían con los trajes tradicionales, nada de moda globalizada. 

La siguiente parada del viaje fue Punakha, pero antes de llegar se detuvieron en el paso Dochula para poder observar sus 108 chortens o estupas. Los chortens son una construcción típica que se puede ver en los países de religión budista y que simbolizan la mente de Buda, le explicó Jose Luis. 

“El día está muy despejado y te puedo asegurar que no siempre es así. Sin duda tu amigo Curro ha entrado con buen pie en Bután.”, exclamó Kuenzang. Curro y Jose Luis disfrutaron de su buena suerte observando las impresionantes vistas de la cordillera del Himalaya. Entre otros picos pudieron admirar el Gangkar Puensum, que con sus 7.541 metros es la montaña más alta del país. En Bután, las cimas de las montañas son la morada de los dioses y por lo tanto no está permitido hollar las cumbres de estos lugares sagrados. Los trekkings y ascensiones están permitidos, pero sólo hasta una determinada altura.  

En Punakha visitaron su Dzong, que está situado justo en la confluencia de dos ríos el Pho (Padre) y el Mo (Madre) y que quizás sea la fortaleza más bella del país. Más tarde y de camino al Monasterio de Chime Lhakhang, Curro señalo algunas casas y con una picarona sonrisa comentó: este lugar está lleno de sex-shops”. “No te creas”, le contestó Jose Luis. “Resulta que pintar tremendos y coloridos penes en las puertas de las casas sirve para ahuyentar a los malos espíritus y también como símbolo de fertilidad. Así que tu gozo en un pozo Curro”. 

Para el último día y como broche de oro a su viaje por este idílico reino budista del Himalaya, dejaron el ascenso al Taktshang Lhakhang o Nido del Tigre. 

Situado a 3.000 metros de altura, este pequeño monasterio está literalmente colgado sobre una roca, desafiando cualquier lógica arquitectónica. Pero la importancia de este fantástico lugar no reside solo en la belleza de su emplazamiento, sino que además, y más importante para todos los budistas, es que según cuenta la leyenda, hasta aquí llegó en el siglo VIII volando sobre una tigresa voladora Guru Rimpoche, el venerado maestro que trajo las enseñanzas de Buda al Tibet y que está considerado como el segundo Buda. 

Curro se quedó extasiado ante este sagrado y venerado lugar. Atrás quedaba el duro ascenso, el cansancio, el vértigo y la dificultad para respirar debido a la altura. Jose Luis le comentó con voz jadeante: “Ya sabes lo que dicen los budistas, los obstáculos son siempre bendiciones disfrazadas, nosotros después de esta larga caminata nos llevamos una buena dosis de bendiciones”

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