“Por cierto, como sé que Paco tiene el paladar fino quiero que le des de mi parte una botellita de sake de Fushimi, una caja de té de Uji y una cerveza artesanal de Kizakura Kyoto Beers para su colección de «Mis cervezas por ahí». 

“Con que sake de Fushimi y té de Uji, eh. Y…  ¿me puedes decir qué hacemos con todo eso aquí, en lo alto de una duna del desierto del Namib, Curro? No me parece el brindis más apropiado. Al menos Pau podría haber mandado también unas cervezas. ¡Ah espera, que aquí en el fondo hay unas Kizakura Kyoto Beers. ¡Ya decía yo que un cervecero como Pau no me podía fallar! Brindemos entonces”, le dijo Paco a Curro. 

El sol asomó por fin tras una duna y un puntito de luz incandescente, como una bombilla que alguien llevara en la mano mientras subía lentamente una cuesta, comenzó a alumbrar la escena. Los colores hasta entonces opacos de las dunas del Namib empezaron a desplegar todo el elenco de rojos y sus aledaños en la tabla del Pantone.    

“Has de saber, Curro, que estás en lo alto de la mítica Duna 45, la más emblemática del desierto del Namib”, le dijo Paco haciendo un gesto torero con el brazo como si intentara abarcar con él la inmensidad del escenario. “Siéntete afortunado, querido Curro, y deléitate con esta #miscervezasporahi ante el que posiblemente sea el amanecer más codiciado de África. Solo hay que ver la riada de turistas que sube por allí, por esa ladera, y que nos van a joder el momento zen. Desde luego, como dijo el bueno de Joe Brown nadie (ni nada) es perfecto. Menos mal que madrugamos y subimos los primeros”

El Namib es el desierto de dunas más bello del mundo. También el más antiguo: ya existía hace 65 millones de años, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra. Su característico color rojo se debe a la alta concentración de óxido de hierro de sus arenas.  Aunque se extiende durante 2.000 kilómetros, la zona más visitada es el parque nacional Namib-Naukluft, donde estaban ahora Paco y Curro. Y donde están las famosas dunas 45 y Big Daddy, esta última, con más 300 metros, considerada la duna de arena más alta del mundo.

Curro apenas conocía nada de Namibia, bueno casi nadie sabe nada de Namibia, uno de los países más raros y desconocidos del África austral. Tan raro que empezó a ser país solo en 1990. Con casi dos veces la extensión de España tiene apenas dos millones de habitantes; casi los mismos que hay en el Carrefour del barrio de Curro un sábado por la tarde. En Namibia es más fácil tropezarse con un rinoceronte que con un namibio.

Paco cogió el macuto de Curro, que aún olía a sake y cerezos en flor de Japón, lo lanzó al interior del camión de Dani Sarralta (el gran amigo de Paco con el que siempre viaja por África) y con un gesto de la mano invitó a Curro a subir también a la cabina. Cerraron ventanas, previendo la polvareda que se avecinaba, y enfilaron una pista de tierra con más ondulaciones que un cartón de huevos mientras dejaban atrás las dunas del Namib. Al frente, muy a lo lejos, una serranía de montañas pedregosas silueteaba sus cimas alomadas sobre un cielo azul que no había visto una nube en el último millón de años.

Viajaron durante dos días por Namibia, el país de los desiertos. Curro no dejaba de asombrarse, acodado a la ventanilla del camión. “No hay ningún árbol”, decía. “¿Y qué come aquí la gente?”. 

“Buena pregunta”, le contestó Paco, “Namibia es un país diferente a cualquier otro que hayas visto en este viaje encadenado, querido Curro. Prácticamente no produce nada y casi todo lo que se come -y que no sea carne- se importa de Sudáfrica. Sin embargo, tiene un altísimo nivel de vida; lo vas a comprobar en la próxima parada”.

Y así fue. Curro llevaba recorrido ya medio mundo y creía haberlo visto todo, pero era porque nunca había estado en una gasolinera namibia. Uno llega a África siempre enfundado en una capa de prejuicios. Para la inmensa mayoría de europeos África es sinónimo de hambruna, pobreza y miseria. “África no es un país, es un continente, tan variado como puede ser cualquier otro. Hay muchas Áfricas”, le explicaba Paco a Curro mientras caminaban entre lineales repletos de todo tipo de mercancías en el centro comercial que había al lado de la gasolinera donde pararon a llenar el depósito de combustible del camión. Era un centro comercial moderno, enorme, con aire acondicionado y laboriosos empleados de pulcro uniforme azul y gorrita amarilla donde la gente empujaba carritos y compraba los mismos productos que tú podías comprar en el supermercado de tu casa. Incluso más, por qué no hay gasolinera en Namibia que se precie que no tenga al lado, además del supermercado, una pequeña galería comercial con restaurantes de comida rápida, de los seguro uno es de biltong, una especie de salchicha seca hecha con carne muy especiada de ternera o de antílope considerada un delicatesen local, una especie de aperitivo que viaja bien porque se conserva sin necesidad de frío y que era la base de alimentación de nuestro amigo Dani.

“Fuera prejuicios Curro”, le dijo Paco. “Esto también es África”.

Llegaron así a Etosha, el parque nacional más grande y famosos de Namibia. Cuando uno dice safari en África el imaginario colectivo se llena de territorios verdes, casi selváticos, en los que la fauna campa como en una especie de jardín del Edén donde abunda la comida. Sin embargo, el parque nacional Etosha, la joya de la conservación de Namibia está muy lejos de esa imagen idílica. Sus 22.000 kilómetros cuadrados, tantos como la provincia de Badajoz son- en especial en temporada seca, la temporada alta de safari- una planicie yerma y polvorienta que asemeja más a un desierto que a una selva. Nada más lejos de la acepción edén. 

Curro seguía anonadado, deleitándose con el traveling continuo de tierras yermas que se proyectaba en la pantalla de la ventana, y en el que de forma milagrosa actuaban representantes de toda la fauna africana.

“Mirad, elefantes”, exclamaba extasiado cual niño que viera por primera vez a los Reyes Magos. “¡Y jirafas!” “Y allí, allí, al fondo… ¿lo veis?, ¡es un león macho!” Curro acababa de descubrir el Arca de Noé y Paco solo esperaba que no se pusiera tan eufórico cada vez que viera una nueva especie. ¡En Etosha hay más de 115 especies de animales, incluidos todos los grandes depredadores y su comida, los grandes herbívoros. “A ver si le da un síncope y tenemos un problema”, pensó para sus adentros.

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