Antes de despedirse al día siguiente en el aeropuerto Jose Luis le regaló a Curro un amuleto protector grabado con el mantra sagrado OM MANI PADME HUM, aunque le advirtió: “no creo que lo necesites en Camboya, David conoce muy bien el país y seguro que te tiene muchas sorpresas preparadas.”

Curro estaba algo preocupado porque no había quedado en ningún lugar concreto dentro del aeropuerto de Siem Riep. Temía que no pudieran encontrarse en mitad de aquellas salas enormes y entre el gentío típico de un aeropuerto internacional. 

Al aterrizar comprendió que lo difícil hubiera sido perderse. El aeropuerto era diminuto, apenas una sala rectangular grande, con mochileros sentados por el suelo, camboyanos atareados y turistas buscando un taxi.

Salió del edificio y allí estaba David, parloteando animadamente con un joven local, menudo y risueño. Ambos estaban apoyados sobre un tuk tuk de estilo camboyano, que no era otra cosa que una especie de carricoche abierto acoplado a una motocicleta. Curro tuvo en esa primera impresión una sospecha que luego se confirmaría de que el pueblo camboyano era amable, humilde y pragmático.

Cuando se dieron cuenta de la presencia de Curro, se levantaron como con un resorte y David abrazó al recién llegado. Le presentó a su amigo Bunrat, que iba a ser durante aquellos días su tuktuk driver y pusieron rumbo a la ciudad de Siem Riep.  

A Curro apenas le permitieron registrarse en su hotel y dejar las maletas, cuando se encontraba de nuevo metido en el tuktuk. “Hay que aprovechar las horas de luz que nos quedan.” le dijo su amigo David mientras ponían rumbo a unos templos conocidos como Grupo Roluos. 

Se alejaron de la ciudad en dirección este, a la vertiginosa velocidad de 50km/h. Esto, lejos de ser un inconveniente, permitió a Curro apreciar escenas, olores y hasta miradas de la gente, que no hubiera podido ver desde el interior de un coche a mayor velocidad. 

Las carreteras camboyanas mostraban todo un cúmulo de adorables imprudencias de tráfico. Familias enteras subidas en una moto, niñas pedaleando subidas a bicicletas gigantes o motoristas portando cerdos vivos.

Las casas se disiparon y fueron sustituidas por palmeras al borde de la carretera. La tierra era de un rojizo penetrante cuando Bunrat frenó en seco y comenzó una breve explicación en un inglés sencillo: “Aquí se situaba la antigua capital del imperio Jemer, por lo que estos templos son los más antiguos y sirvieron de modelo a muchos otros que veremos los próximos días. Y el más espectacular y mejor conservado de todos es este.”

Curro se apeó y se encontró frente al imponente Bakong, un templo en forma de pirámide de finales del siglo IX. Eran los únicos visitantes y aquel lugar les regaló una sorprendente paleta de colores. El verde vivo de los árboles, el azul resplandeciente del cielo y el rojo de la tierra y la piedra arenisca del templo.

Cuando ya declinaba el día volvieron a Siem Riep. Ésta era todavía una aldea de mediados del siglo pasado, pero había crecido más o menos desordenadamente, al amparo del turismo extranjero. Y ahora era una ciudad salpicada de hoteles de lujo, calles embarradas y postes eléctricos con docenas de cables enmarañados. 

La mayoría de turistas se concentran alrededor de Pub Street, una calle sin alma, repleta de restaurantes occidentales, pizzerias, tiendas de souvenirs y puestos de comida rápida. David recordó el curioso amuleto protector que le había mostrado su amigo hacía un rato y le comentó irónicamente: “Aquí es el único lugar donde quizá lo necesites… para que no intenten timarte con el precio.”

Su amigo agarró con fuerza su recuerdo de Bután mientras se alejaban.

En cambio, a Curro le gustó mucho más el cercano mercado conocido como Old Market o Psar Chas. Pasearon entre los puestos de verduras, frutas, carnes y especias que les trasportaron a la Camboya más auténtica, a través de sus alimentos y olores. 

Allí, a las puertas del mercado, en un modesto restaurante con sillas de plástico en la calle y rodeados de camboyanos, cenaron platos de arroz con verduras, noodles con pollo y pescado a la plancha.

David se quedó un momento contemplando a su amigo Curro que más que comer, devoraba su plato de fideos de arroz. Parecía increíble que que la gente recorriera miles de kilómetros para comerse una hamburguesa y se perdiera estos platos tan deliciosos… y tan baratos. Los dos amigos rieron a gusto, mientras les traían la segunda ronda de agua de coco.

A las 4:30 de la mañana la alarma del móvil despertó a Curro. Consiguió arrastrarse hasta el armario, vestirse y tomar un café sin apenas abrir los ojos. Poco después, un puñado de turistas y guías somnolientos se encontraban ya frente al templo. Los bostezos dieron paso imperceptiblemente a murmullos de asombro cuando el sol del amanecer comenzó a recortarse tras la silueta, hasta entonces en penumbra, del Angkor Wat.

Un majestuoso puente de piedra daba acceso al recinto, rodeado por un lago artificial rectangular a modo de foso, que protegía el templo. A Curro le sorprendió, sobre todo, las enormes proporciones de todo el complejo, ya que tuvieron que andar un buen rato hasta plantarse ante el templo central o Bakan

Allí David le mostró a su invitado uno de sus lugares predilectos: las galerías exteriores. Éstas tenían unos frisos en bajorrelieve esculpidos con una exquisita maestría que narraban batallas e historias legendarias. El soberbio Angkor Wat, levantado principios del siglo XII, estaba considerado la estructura religiosa más grande jamás construida. A Curro le resultaba increíble pensar como el Imperio Jemer había alcanzado semejantes cotas de destreza en la arquitectura y el arte mientras Europa atravesaba la oscura Edad Media.

No le extrañó que este magnífico templo fuera el símbolo de Camboya y apareciera en su bandera, su escudo, sus billetes, sus cervezas…

Curro quedó extasiado por tanta belleza, pero aún le quedaba la otra gran maravilla del conjunto arqueológico: el Bayón. Quizá el mejor ejemplo del barroquismo jemer, con sus 54 torres rematadas cada una con cuatro enormes y enigmáticos rostros.

Curro había visto más de una docena de templos, algunos de ellos devorados literalmente por la selva tropical, pero cada uno tenía algo único y fascinante. 

Toda la región, más de 400km2 estaba declarada Patrimonio de la Humanidad, una extensión inmensa, mayor que la isla de la Gomera, salpicada de templos y vestigios arqueológicos. Bunrat, el guía, les contó que el imperio Jemer había sido tan poderoso que había dominado durante seis siglos extensos territorios que incluían las actuales Camboya, Laos, Tailandia y el sur de Vietnam.

Al día siguiente David le quiso mostrar a su amigo otro de los grandes atractivos del norte de Camboya. El Tonlé Sap era el mayor lago de todo el sudeste asiático y sobre sus turbias aguas se habían instalado decenas de pequeños pueblos flotantes. 

Las casas de estas aldeas se alzaban sobre largos postes de madera que podían alcanzar hasta los diez metros de altura. Eran pueblos humildes y pintorescos que vivían principalmente de la pesca. 

Por la tarde permanecieron en Siem Riep. Visitaron el Wat Bo, un precioso templo budista del siglo XIX, repleto de pinturas y relieves, lejos de la zona turística. Los dos amigos estaban charlando animadamente cuando llegó un grupo de monjes budistas con sus humildes y llamativos ropajes. Curro y David se quedaron callados, observando a aquellos jóvenes que irradiaban modestia y distinción a partes iguales. 

David había dejado para el final de la visita de Curro dos de los templos más alejados de Siem Riep, pero también aquellos que les parecían más espléndidos. En primer lugar, el Preah Khan uno de los mayores en extensión y que contaba con un recinto amurallado custodiado por 72 enormes garudas, un ser mitológico del hinduismo que poseía rasgos de águila y de hombre. 

Y finalmente el Banteay Srei. Un templo de pequeño tamaño, pero que era una auténtica joya por sus relieves y tallas realizados con una sutileza y maestría extraordinaria. El Banteai Srei era además el único construido enteramente por mujeres.

Estaba ya de camino al aeropuerto cuando Curro recordó una frase que le había dicho su amigo nada más llegar: “Vas a querer quedarte más tiempo en Camboya.”. Era cierto, pero todavía quedaban muchos más rincones del mundo por recorrer. 

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