«Curro, dile a mi amigo Pau que te lleve a Ohara, al noreste de Kioto, para que visites el precioso templo de Sanzen-in, y me compres, para colgar en mi árbol de navidad, un ema del templo, una de las tablillas que sirven de ofrenda para pedir deseos a la deidad de Sanzen-in…»

Y es que después del frío siberiano amigo Curro, no sabes lo bien que te va a venir un poco de paz espiritual en la antigua capital imperial de Japón. «Kioto es casi sinónimo de la cultura tradicional japonesa y a buen seguro que será una de las ciudades más auténticas y estimulantes que recorrerás en tu fascinante viaje alrededor del globo», le dijo Pau a nuestro querido viajero. «¿A qué esperamos para recorrerla?», respondió Curro ávido de explorar esta magnífica urbe de la región de Kansai.

El viaje desde la fría Siberia al corazón emocional de Japón requiere un cambio total de mentalidad. Curro había escuchado historias de geishas y samuráis, pero no sabía qué quedaría de todas esas leyendas en la actualidad. Kioto fue capital del país del sol naciente durante más de mil años y en ese periodo tan longevo ha acumulado un conjunto patrimonial incomparable, que afortunadamente se salvó de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

«Curro debes saber que Kioto tiene más de 2.000 templos y santuarios además de casi una veintena de sitios declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, pocas ciudades del mundo tienen tal concentración de maravillas así que quiero enseñarte algunas de mis favoritas», explicó Pau.

«Pues yo quiero atravesar las puertas rojas o torii por las que corría la niña Sayuri en Memorias de una Geisha», dijo curro emocionado. «Tus deseos son órdenes, querido amigo» respondió Pau y tomaron un tren de la Nara Line Local que en 5 minutos les dejó en el célebre santuario Fushimi Inari Taisha. La cara de excitación de Curro iba en esos momentos a la par que los latidos de su corazón. Amor a primera vista. Antes de volver a Kioto pasamos por el distrito del sake de Fushimi donde degustamos y compramos uno de los mejores de la región de Kansai, ya que además de la tradición centenaria en el proceso de elaboración, sus aguas son de una pureza extraordinaria. 

Tras haber recolectado una de las experiencias más típicas de Kioto empezaba la palpitante tarea de mostrarle algunos de los lugares más mágicos de la antigua capital imperial de Japón. No se trataba de una cuestión baladí, pues entre tanto tesoro y con tan poco tiempo, la selección no se antoja sencilla.

Después de pensarlo rápido nos pusimos a andar cuesta arriba por las deliciosas Sannenzaka y Ninenzaka, dos callejuelas empinadas repletas de tiendecitas de souvenirs que conducen hasta el Kiyomizu-dera. Se trata del complejo de templos más célebre de Kioto. Está emplazado al sur del Higashiyama y siempre suele estar repleto de gente. Curro disfrutó como un niño paseando por sus jardines y templos o bebiendo en el manantial Otowa-no tai. Aprovechando que estábamos relativamente cerca, le sugerí que experimentáramos una ceremonia del té tradicional en Camellia Flower.

Con el alma completamente relajada seguimos el paseo hasta el fabuloso santuario Yasaka y el distrito de Gion. «Curro éste es uno de los barrios más pintorescos del mundo, ten los ojos bien abiertos porque en cualquier momento verás aparecer una geisha o una maiko saliendo de las casas de té», dijo Pau. Una sonrisa de asombro se encendió en la cara de Curro cuando vio aparecer a uno de estos personajes casi mitológicos. “Guarda las distancias, no les gusta que las atosiguen”, le recomendó Pau. 

Los siguientes días en Kioto fueron una sucesión de largos paseos y experiencias inolvidables. Las más de mil estatuas de buda en el templo de Sanjūsangen-dō, historias de samuráis y suelos que crujen en el Castillo Nijo-jo, rumor del agua y aromas a flores en el Paseo del Filósofo, relatos de monjes locos en el Pabellón Dorado que tan bien relató Yukio Mishima, jardines zen en el templo budista Ryoan-ji, bosques de bambú que se elevan hacia el cielo en Arashiyama, historias mientras descansábamos en los jardines del Palacio Imperial, visitas al Museo Internacional del Manga o alguna que otra juerga en la callejuela Pontocho al atardecer. 

El tiempo pasaba volando, pero todavía quedaba disfrutar de una de las mejores vivencias de Kioto… la cocina local. Ya habíamos estado algún día en el Mercado de Nishiki disfrutando de sus productos de gran calidad, «qué gran lugar para comer bien y tener contacto con la gente de la ciudad. El idioma no es una barrera insalvable gracias a la amabilidad de los japoneses», recordaba Curro. Pero ahora tocaba saborear el summum de la gastronomía japonesa (y no es el sushi). Se trataba de la cocina kaiseki, un menú muy elaborado a base de muchos platitos de alta cocina tradicional con el que casi se le saltan las lágrimas a nuestro apreciado viajero… aunque no sé si brotaban de sus ojos por la despedida. 

“Toca cambiar de nuevo el chip querido Curro. Te espera un largo y emocionante hasta otro destino apasionante… esta vez en África. En el suroeste del continente africano está Namibia, donde te espera Paco Nadal.»

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