La India siempre me había parecido un destino intrigante y un tanto idílico, así que hace ya un par de años finalmente me decidí hacer realidad ese sueño. Desde el bullicio de Bombay hasta la serenidad de Varanasi, pasando por las emocionantes carreteras de Jaipur, Jodhpur y Udaipur, cada momento de este viaje fue una experiencia única que quiero compartir con vosotros. ¿Preparados?

 

Mi aventura comenzó en Bombay, una ciudad que vibra con una energía inigualable. Desde el momento en que puse un pie en el aeropuerto Chhatrapati Shivaji, fui recibido por una mezcla de colores, olores y sonidos que solo se pueden encontrar en la India.

Mi primer destino fue la icónica Puerta de la India, un monumento imponente que se alza orgullosamente frente al mar Arábigo. Aquí, me mezclé con turistas y locales, todos maravillados por la magnitud de la estructura y su importancia histórica. Luego, me dirigí a los mercados de Colaba, donde los vendedores ambulantes ofrecían desde joyería hasta deliciosos chaat. Cada callejón tenía una sorpresa, y perdí la noción del tiempo explorando estos rincones vibrantes. Y apareciendo en fotos, muchas fotos…

Después de unos días en Bombay, tomé un vuelo hacia Varanasi, la ciudad más antigua habitada de forma continua en el mundo. Varanasi, con su espiritualidad palpable, fue un contraste fascinante. Al amanecer, me dirigí a los ghats del Ganges para presenciar el Aarti, una ceremonia de adoración que me dejó sin aliento. La devoción de los peregrinos y la belleza de las lámparas flotantes en el río fueron una visión mágica.

Pasear por las estrechas callejuelas de Varanasi fue como retroceder en el tiempo. Los templos, las tiendas de seda y las casas antiguas cuentan historias de siglos pasados. Me detuve en una pequeña tienda donde un anciano tejedor me mostró el proceso artesanal de los famosos saris de seda de Varanasi. Su destreza y dedicación me resultaron verdaderamente inspiradoras.

Decidí experimentar la India a fondo e intentar tener tantas experiencias locales como fuera posible, por eso tomé un tren a Agra. A bordo del tren, conocí a varios viajeros indios que compartieron sus historias y visiones del mundo. Fue una experiencia auténtica y cálida que difícilmente podría haber vivido de otra manera.

Al llegar a Agra, me dirigí directamente al Taj Mahal. Ver el amanecer sobre este monumento fue un momento que nunca olvidaré. La belleza del mármol blanco, cambiando de color con la luz del sol, era una vista surrealista. Pasé horas admirando los intrincados detalles arquitectónicos y la historia de amor que inspiró su construcción.

Continué mi viaje por carretera hacia Rajasthan, visitando Jaipur, Jodhpur y Udaipur. Cada ciudad tenía su propio encanto y carácter único.

Jaipur, conocida como la Ciudad Rosa, me recibió con su impresionante Hawa Mahal y el majestuoso Fuerte Amber. Pasear por los bazares de Jaipur fue una delicia para los sentidos. Comprar diferentes recuerdos y textiles fue una experiencia divertida (además, ¡me di cuenta de que se me da bien eso de regatear!), y disfruté de una comida deliciosa en un restaurante local que servía auténtico thali rajasthani.

En Jodhpur, la Ciudad Azul, me perdí en el laberinto de calles pintadas de azul que rodean el imponente Fuerte Mehrangarh. Las vistas desde lo alto del fuerte eran impresionantes, y la historia y las leyendas contadas por los guías locales hicieron que la visita fuera aún más fascinante.

Finalmente, llegué a Udaipur, la Ciudad de los Lagos, también conocida como “La Venecia de India”. Aquí, me relajé junto al Lago Pichola y disfruté de un paseo en bote al atardecer que ofrecía vistas inigualables del Palacio de la Ciudad y del Palacio del Lago. La serenidad de Udaipur fue el final perfecto de este viaje por la provincia de Rajasthan.

Para cerrar con broche de oro, mi última parada fue Nueva Delhi, la capital de la India. Nueva Delhi es una ciudad que combina lo antiguo con lo moderno de una manera única. Mi visita comenzó en el Qutub Minar, el minarete de ladrillos más alto del mundo, cuya arquitectura es un testimonio del esplendor del pasado. Luego, me dirigí al Templo del Loto, una obra maestra contemporánea de la arquitectura que me ofreció un espacio de paz y reflexión.

No podía perderme la bulliciosa Connaught Place, el corazón comercial de la ciudad, donde disfruté de una mezcla de compras, comida callejera y cafés modernos. Un paseo por Rajpath me llevó al India Gate, un monumento que rinde homenaje a los soldados indios y que brilla majestuosamente al atardecer.

Una visita a la Casa de Gandhi fue el cierre perfecto para mi estancia en Delhi, donde aprendí más sobre la vida y el legado de Mahatma Gandhi, cuyo impacto en la historia de la India y del mundo es incalculable.

A lo largo de mi viaje, me enamoré de la diversidad y la riqueza cultural de la India. Desde las grandes metrópolis hasta las ciudades históricas y los paisajes serenos, cada lugar tenía algo único que ofrecer. La calidez de la gente, la comida picantemente deliciosa y las experiencias auténticas hicieron de este viaje una aventura inolvidable.

La India es un país que desafía las expectativas y ofrece sorpresas en cada esquina. Me voy con recuerdos imborrables y una profunda apreciación por la riqueza cultural y espiritual de esta increíble nación. Pero lo que tengo seguro es que… ¡volveré!. No te creas todo lo que te cuentan de la India, coge tu maleta y lánzate a descubrirla en primera persona, porque estoy seguro de que no te dejará indiferente.

¡Namaste!

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