Y, para demostrártelo, te he comprado estas galletas de la suerte en Chinatown. Espero que las profecías que contienen te sean propicias. ¡Buen viaje, Curro!

“El amigo es un camino y el enemigo un muro” leyó Curro en un minúsculo papelito que acompañaba a una de las galletas de la fortuna que le había regalado Alfredo al despedirse de él en San Francisco. Una frase que resumía a la perfección su vuelta al mundo de la mano de amigos que le iban enseñando el camino. Y allí estaba ella: Cristina, otra buena amiga dispuesta a explorar con él nuevas rutas.

“Un viaje de cine, eso es exactamente lo que nos espera, Curro, yo ya me siento Julia Roberts y te aviso que en este periplo voy a ser también Thelma …¿o mejor Louise?”, le confesó Cris cuando se encontraron en el aeropuerto de Los Ángeles después de plantarle un beso. Nuestro viajero no se lo podía creer. ¡Los paisajes de los que están hechos los sueños existen y están en la costa oeste de Estados Unidos! Los había visto cientos de veces desde el sofá de su casa o sentado en la butaca de un cine y, ahora, sus ojos serían testigos directos del plató al aire libre más gigante del mundo.

Sin tiempo que perder, después de dejar su equipaje en el hotel, se lanzaron a la calle. El famoso Walk of Fame les esperaba, y además Cris es una apasionada del cine, así que era visita obligada. Mirando al suelo iban señalando la estrella de Kate Winslet aquí, la de George Clooney allá, la de míticos como Kirk Douglas o Cary Grant a unos cuantos pasos más… así hasta más de 2000 repartidas a lo largo de Hollywood Boulevard y Vine Street. Los Ángeles es la segunda ciudad más poblada de Estados Unidos y está repleta de escenarios cinematográficos como Rodeo Drive, donde sentirnos “Pretty woman”,  o Griffith Park, el monte con el famoso observatorio en el que no podremos evitar tararear el “City of stars” de La La Land”.

“Curro, ¿sabes que anoche soñé con Tom Cruise y Angelina Jolie?”. “No Cris», le respondió él, es que ayer estuviste en el Dolby Theatre y echaste a volar tu imaginación en la alfombra roja más famosa del mundo, la de los Oscar. «¿A qué también viste a Brad Pitt?”. Ambos se echaron a reír mientras Curro conducía el Toyota que habían alquilado para vivir su particular “road movie”. Destino: Arizona. Objetivo: el Gran Cañón. 

En la playlist, clásicos como Johnny Cash, The Beach Boys y “Route 66”, en la versión de Natalie Cole, mítica carretera que atravesaron en alguno de sus tramos hasta llegar a Sedona, la antesala al Grand Canyon. Ir hasta allí ya es en sí mismo un destino: carreteras infinitas y solitarias enmarcadas en un cielo azul deslumbrante en medio de un paisaje de montañas de roca rojiza sencillamente espectacular. Atravesaron el desierto de Mojave con sus cactus gigantes hasta alcanzar Oak Creek Canyon donde contemplaron la famosa Rock Bell, una espectacular formación rocosa, testigo de más un western. Pero lo mejor estaba por llegar. 

Con la boca abierta, así se quedó Curro cuando ante sus ojos contempló uno de los monumentos naturales más espectaculares que hay que ver, al menos, una vez en la vida. Cris le tenía una sorpresa preparada, celebrarían su visita al cañón por todo lo alto: desde el aire ¡subidos a un helicóptero! Toda una experiencia para disfrutar de un parque de alrededor de 350 kilómetros cuya parte más profunda llega a alcanzar los 1.600 metros de altura. Y abajo, diminuto, el río Colorado, serpenteando un parque que en 2019 cumplió 100 años. No hay palabras para describir la puesta de sol en esta obra descomunal de la naturaleza declarada patrimonio de la Humanidad en 1979. Así se lo dijo Curro a Cris, y eso que en esta vuelta al mundo ya había visto unas cuantas a cual más memorable.

Si el Gran Cañón había dejado el listón muy alto, Monument Valley demostró estar a la altura de las expectativas de dos experimentados viajeros como ellos. Fue la siguiente etapa de su “road movie”. Situado entre los estados de Arizona y Utah, en pleno corazón de la Nación Navajo, es uno de los lugares más inhóspitamente bellos del planeta. Las caprichosas formas de sus rocas formaron agujas, algunas de más de cien metros de altura, como la icónica Totem Pole. Los ojos de Curro no paraban de buscar encuadres aquí y allá para inmortalizar detrás de su objetivo los rincones que la generosidad de la naturaleza les iba ofreciendo a cada paso. Una joya que descubrió para el cine John Ford y que te transporta a los grandes clásicos del Oeste como si John Wayne fuera a aparecer de un momento a otro a lomos de su caballo.

“Siempre he sentido fascinación por todos esos moteles de carretera que han sido tan protagonistas en las pelis como las mejores estrellas de Hollywood”, le dijo Cris a Curro. Así que esa fue su elección para dormir durante su aventura americana. En esta parte de Estados Unidos es fácil alojarse en cadenas como “Super 8” o “Days Inn” a un precio razonable y la mayoría, además, cuentan con piscina para combatir el calor sofocante en verano. No hay que esperar grandes lujos pero sólo la experiencia ya merece la pena.

Atrás dejaron Canyonlands, otro portento de la naturaleza que el viento, la lluvia y el curso del Colorado ha ido esculpiendo río arriba para dirigirse al Arches National Park, un paraíso de rocas rojas increíble situado a las afueras de Moab. Ese día Curro y Cris se calzaron las botas de montaña. La caminata hasta alcanzar el famoso Delicate Arch no se lo iba a poner fácil pero el esfuerzo tendría su recompensa, y ¡vaya sí la tuvo! 

A esas alturas de ruta el paisaje desértico dio paso a  postales alpinas con cumbres nevadas, verdes praderas y lagos como espejos. Curro no podía dejar de mirar a través de la ventana del coche mientras Cris conducía, decidió bajarla para dar la bienvenida al aire puro del Grand Teton Park, un parque nacional que está prácticamente unido al de Yellowstone por donde el famoso oso Yogui campaba a sus anchas haciendo las delicias de los niños hace unos cuantos años. Yellowstone presume de ser el primero abierto en Estados Unidos en 1872. Imposible olvidar el géiser Old Faithful y el Grand Prismatic Spring, uno de los emblemas del parque y la mayor fuente de aguas termales del país. Su gran variedad de colores se debe a las tonalidades que adquieren las bacterias que aquí habitan y al propio color del agua. Un espectáculo para los ojos, vaya.

Pero el parque tenía otra sorpresa reservada para Curro. Cris decidió ponerle un poco de emoción al día y le condujo hasta Hayden Valley. “Y ahora ve con mucho cuidado, toda precaución es poca”, le advirtió a su compañero de viaje. En shock se quedó cuando descubrió una manada de bisontes en libertad a los que se puede observar a una distancia prudente. Yellowstone alberga la mayor colonia estable de estos animales y la ocasión la pintaban calva. 

“¿Y ahora, qué tal una inmersión cien por cien americana?» le preguntó Cris. Dicho y hecho. Los dos acabaron sentados frente a un rodeo en Jackson Hole, un delicioso pueblo en el estado de Wyoming. El espectáculo no les defraudó,  tampoco el que vieron en las gradas: montones de locales disfrutando de uno de sus deportes favoritos y todos ellos, o casi todos, con un denominador común: luciendo el famoso sombrero de cowboy y con un hot dog en la mano. Yihaaaa….

Para rematar se dejaron caer por el “Million Dollar Cowboy bar”, un restaurante con todos los ingredientes para hacer felices a los amantes del lejano oeste. No lo dudaron, sentados en aquellos taburetes en forma de montura de caballo se zamparon dos hamburguesas de carne de búfalo que les supieron a gloria.

El Parque Nacional de Yosemite sería su próxima parada. Cristina ya le había hablado de las secuoyas gigantescas que allí había y Curro no se las quería perder por nada del mundo. “El Capitán” se encargó de recibirlos: un descomunal promontorio rocoso que ya a lo lejos deja claro el porqué de su alta graduación: 914 metros de majestuosidad que se hacen notar desde lejos. Preciosas cascadas de más de 700 metros (las más altas del continente) y frondosos bosques salpican un parque que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984.

La aventura americana estaba llegando a su fin pero había que ponerle un buen broche, digno del mejor “The End” de película. ¿Próxima parada?: Las Vegas. Curro no se lo podía creer: miles de neones competían entre sí en un espectáculo indescriptible. Aquí todo es taaaan superlativo que uno no sabe si lo que está viendo es bonito, “kitsch” o feo pero lo que sí está claro es que esta vibrante ciudad hay que visitarla, que es uno de esos “must” que hay que vivir en primera persona. La mayoría de los hoteles se articulan en torno a la Strip, la gran arteria trazada en pleno desierto en el estado de Nevada. Y los hay de todo tipo, colores y temáticas pero todos tienen algo en común: son enormes y poseen un gran casino en el que jugarte cuantos más dólares, mejor. Cada uno de ellos ya es por sí solo un viaje: El New York, New York, el Venecia, el París…una ilusión como de cartón piedra en el decorado artificial más espectacular del mundo, y todos ellos con rincones de esos instagrameables que invitan a los likes. “Un día es un día”, dijo Cris, así que creo que nos hemos ganado una noche en el Bellagio, el hotel cuyo casino robaron George Clooney y su banda en “Ocean´s Eleven”. De nuevo el cine, ese que no les abandonó en todo el recorrido. “Ya te lo advertí  Curro: nuestro viaje sería de cine”, exclamó Cristina mientras apuraban sus últimas horas juntos subidos en la High Roller, una noria gigantesca desde la que vieron el espectacular encendido de una ciudad que nunca duerme. 

“Curro, ha sido un placer vivir esta “road movie” contigo, mañana continúas tu camino a Madagascar  junto a José Pablo y María José, un gran destino sin duda. Antes de despedirnos quiero darte esta pequeña botella de cristal que contiene arena del desierto de Mojave, yo recojo tierras del mundo, es una manera de seguir viajando cuando estoy en casa. Espero que esta sea para ti la primera de una gran colección”.

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