Turismo étnico e indígena: Preservar la raíces frente al ‘Show Must Go On’

Turismo étnico e indígena: Preservar la raíces frente al Show Must Go On

La OMT (Organización Mundial del Turismo) define el etnoturismo como “la visita a los lugares de procedencia propia o ancestral. Consiste en visitas motivadas por el deseo de reencontrarse con sus raíces, ya sea en los lugares donde pasó parte de su vida o aquellos donde vivieron los antepasados de su familia.”

El etnoturismo, por tanto, es un tipo de turismo respetuoso con los valores de una comunidad y con el medio natural, cultural y social, permitiendo el intercambio de experiencias y donde estos visitantes tienen una actitud verdaderamente participativa en su experiencia de viaje. Las comunidades locales ofrecen la oportunidad de compartir sus tradiciones y costumbres, lo que permite preservar sus elementos culturales además del reconocimiento de su identidad.

Pero ¿cuáles son las particularidades de este tipo de turismo? Son los propios integrantes de esa comunidad los que presentan su identidad cultural a los visitantes y la actividad turística se realiza en el propio territorio de la comunidad y, asimismo, permite la revitalización de la cultura y el fortalecimiento de la identidad, a través del encuentro y el diálogo intercultural.

Entre estas particularidades, habría que remarcar una apreciación, ya que el turismo étnico tiene un punto de encuentro y uno de distanciamiento respecto al turismo indígena. La cultura es el punto común, pero el control indígena de las iniciativas y las empresas es lo que marca la diferencia. Como indica Magdalena Morales González, en ¿Etnoturismo o turismo indígena?; el primero hace hincapié en las actividades y beneficios de los usuarios o turistas, mientras que el turismo indígena  pone énfasis en la construcción participativa de las etnias para ofrecer un servicio de hospedaje, alimentación, guías especializados y prácticas cosmogónicas, cuyas características esenciales formen parte de su identidad cultural. El Turismo indígena, por tanto, se entiende como la actividad donde las comunidades indígenas ofrecen al visitante la oportunidad de compartir sus tradiciones, usos y costumbres con la finalidad de un desarrollo comunitario integral y sustentable.

La gran mayoría de destinos turísticos hoy en día, conocedores del interés del turista, por este tipo de experiencias, comercializan diferentes paquetes y actividades para conocer de primera mano esa realidad local que muchos buscamos cuando viajamos.

Y yo, la primera. Conocer otras culturas, muchas de ellas milenarias, fomentar el enriquecimiento cultural entre las personas, entender su contacto con el entorno y la madre tierra, cómo se organizan y sobre todo qué es lo que esperan del mañana, es una parte fundamental de cualquier viaje que realizo.

Pero a veces, la línea que separa la realidad de la ficción es extremadamente delgada. Hace poco leía ciertas críticas que manifestaban, de manera directa, si este tipo de turismo realmente ayuda a estas etnias, formulando estas preguntas: ¿cómo viven realmente estas comunidades cuando el turista no observa? ¿Qué parte es real y qué parte se ha convertido en un reality show?

Y fue en este punto, cuando inevitablemente recordé una de mis propias experiencias con este tipo de turismo.

Hace ya un tiempo volvía a casa después de mi último viaje en grupo realizado a Panamá. Decir que me ha gustado el destino se queda demasiado corto. Y en parte, el que haya vuelto tan fascinada de sus paisajes y sus rincones ha sido precisamente su gente. Sus gentes en general y la comunidad Emberá Quera, en particular.

Los Emberá Quera son una de las 7 comunidades indígenas que existen en el istmo y que en estos últimos años se ha abierto para compartir su cultura, tradiciones e historia con los que quieran acercarse a conocerla.

Durante nuestro viaje, compartimos un día completo con esta comunidad y ya el hecho de iniciar este viaje es sinónimo de aventura. Para llegar hasta ellos tuvimos que navegar por el Río Gatún en una pequeña embarcación rodeados por la naturaleza más desbordante.

Una vez allí nos recibieron con sus cánticos y danzas características, nos contaron el por qué de su identidad, comimos con ellos un delicioso pescado rebozado, adquirido esa misma mañana del propio río, recorrimos sus plantaciones medicinales, visitamos su escuela y hablamos, hablamos mucho. El líder de la comunidad nos decía que ellos perfectamente podrían vivir en la ciudad, pero que no querían. ¿Por qué? Sencillamente porque la ciudad no está hecha para ellos.

Su vida es ese rinconcito selvático de Panamá, alejados del ruido de la gran ciudad, con el rio Gatún como fuente indiscutible de vida y en comunidad… Suena bien, ¿eh?

Pero entonces, ¿no es mejor vivir de esta manera lejos de las cámaras fotográficas y de los tours o viajes organizados? Sí, me decían. Así lo hemos hecho siempre. Pero el turismo supone una fuente de ingresos importante para ellos. Ingresos con los que compran el material para construir sus casas, las telas con las que tejen sus trajes y con las que acceden a las barcas que son las que les permite transitar y moverse por el área y a nosotros, los turistas, llegar hasta ellos, claro.

Es decir, el turismo es una parte importante para el desarrollo y la continuidad de estas comunidades. Y aquí, en Panamá, ha sido donde he podido realmente verlo.

A lo largo de los últimos años, he tenido la suerte de compartir tiempo con diferentes comunidades locales. Experienciales han sido todas, pero la sensación al irte no ha sido la misma en cada una de ellas.

La humildad y la calidez de los indígenas Emberás, su manera de cuidar y proteger su cultura es simplemente admirable. El orgullo que sienten al mostrarte su tierra y su trabajo, sus costumbres y su forma de vida, los hace gente entrañable.

No sabremos qué es realmente lo que ocurre al despedirnos de ellos. Esto es algo que solo conoceremos si compartimos el tiempo suficiente con ellos convirtiéndonos en parte activa de su comunidad.

Pero no debemos olvidar que estas comunidades son parte del patrimonio material e inmaterial del destino del que forman parte. Por tanto, las comunidades locales y el patrimonio natural forman un binomio inseparable. De ahí la importancia de los Gobiernos locales y otros actores fundamentales a la hora de integrar dichas etnias para poder cuidar y proteger la cultura propia e identitaria de un destino.

Aún queda mucho por hacer, y como bien ha explicado Magdalena Morales González en ¿Etnoturismo o turismo indígena?: “Esta construcción participativa de diversos pueblos indígenas está en constante proceso de elaboración. Es un punto de partida para seguir forjando otros aspectos que les permitan redefinirse, especializarse y certificarse como microempresarios en el ramo turístico. Aún resta un sinfín de tareas por plantear: aquellas orientadas hacia una precisión conceptual, al trabajo técnico y operativo, a la capacitación para su certificación, a los conocimientos básicos legales y a su vinculación con organismos oficiales para el desarrollo de sus tareas administrativas.”

Entonces, ¿turismo? Sí, pero siempre como sinónimo de inclusión, sostenible y como herramienta de conservación de la diversidad y riqueza cultural. Utilicémoslo como parte integrante que ayude a mantener vivas costumbres y tradiciones. Ese es nuestro objetivo como viajeros y como actores principales de esta industria, que crece de forma cambiante y a pasos agigantados.

Nuestro deber, por tanto, es preservar esa riqueza y cuidar la belleza de las distintas costumbres. Sensibilizando sobre el respeto y perpetuando su identidad cultural.

Eso siempre.

Laura Chaves

Senior Account Executive 

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